Mi historia
Durante años creí que el problema era mi cuerpo. Conté calorías, hice dietas, me castigué. Hasta que entendí que el problema no era lo que comía, sino lo que sentía cuando comía.
Estudié nutrición clínica (Maestría) porque quería entender la biología de la alimentación. Pero en mis consultas, el 90% de mis pacientes tenían el mismo problema, y no era la comida. Era emocional.
Ahí decidí estudiar psicología con enfoque en Terapia Cognitivo-Conductual. Para ir a la raíz. Para entender el por qué antes de cambiar el qué.
Vivo con depresión mayor. Me diagnosticaron TDAH de adulta. Y durante mucho tiempo, mis atracones eran mi cerebro buscando dopamina sin que yo lo supiera.
No lo cuento para dar lástima. Lo cuento porque la empatía que tengo con mis pacientes no la aprendí en un libro. La aprendí en las noches donde levantarme de la cama era mi único logro del día.
Tomo medicamento psiquiátrico. Y está bien. Si fuera para la tiroides, nadie opinaría.
Nada de esto me hace menos profesional. Me hace más humana. Y eso es exactamente lo que mis pacientes necesitan.
Mi investigación de titulación conecta tres temas que la práctica clínica tradicional suele tratar por separado: distorsión de la imagen corporal, trastornos de la conducta alimentaria y problemas digestivos en mujeres.
Porque el cuerpo y la mente no son departamentos separados. Son el mismo sistema. Y tratarlos juntos es lo que hace diferente mi consulta.
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